Historia del Señor de los Milagros

Pachacamilla en el s. XVII quedaba a las afueras de la entonces pequeña ciudad de Lima, el nombre le viene de los pobladores que allí vivían: los Indígenas de Pachacamac. Hacia el año 1650, unos negros de origen de angola, raza bien conocida en Lima Virreinal, se agremiaron y constituyeron una cofradía, levantando en Pachacamilla una tosca ramada, donde tenían sus juntas y fiestas. Los esclavos negros habían crecido en número y formaban casi un tercio de la población. La mayoría eran cristianos aunque su instrucción religiosa era pobre e incompleta: adaptándose a las costumbres de sus amos y siguiendo las costumbres de la época se asociaban bajo el amparo de alguna imagen de cualquier santo, virgen o Jesús; con el objeto de socorrerse en vida y en muerte. Al parecer para estas personas la cofradía servía como pretexto para reunirse y celebrar ruidosas zambas, que muchas veces poco tenian de devotas y edificante. Se mezclaban entre ellos negros de toda procedencia: angolas, congos, mozambiques, etc. Así los cofrades que se reunían en Pachacamilla mandaron pintar en el galpón, que usaban para sus reuniones, la imagen de Cristo Crucificado. No se sabe si el autor de la imagen fue algún pintor de brocha gorda, que en Lima abundaban por aquel entonces; o un negro angola. De cualqueir modo la imagen fue plasmada sobre un tosco muro de adobe; un documento antiguo que se conserva en el Monasterio de las Nazarenas nos dice que para 1651 la imagen ya había sifo pintada. Años más tarde sucedío el terremoto del 13 de Noviembre de 1655, que fue realmente catastrófico, no obstante, la abandonada imagen de los cofrades de Pachacamilla resistió al fuerte temblor que había destrozado grandes edificaciones.

Desde el año 1670 se comenzó a fomentar el culto a la divina imagen, por obra de Antonio de León, quien había recibido la curación de un tumor maligno que, antes de sus ruegos, no había encontrado cura. Este humilde hombre se encargó de darle mejor cuidado a la imagen, aunque con recursos escasos; la noticia del favor recibido empezó a correr entre los vecinos que poco a poco empezaron a rendirle homenaje. Se hizo costumbre reunirse los viernes por la noche para entonar ante la imagen el Salmo 50 o Miserere, con arpa, cajón y músicos; cantaban además algunas lamentaciones y cada vez los concurrentes eran más y más. Eran reuniones de carácter eminentemente popular. Al enterarse las autoridades, y cerciorarse de lo que ocurría en Pachacamilla decidieron que la imagen debía ser borrada. De tal modo, se pondría fin a estas reuniones que al parecer se tomaban por indecentes o al menos no dignas de aprobación. La comitiva que intentó borrar la imagen tuvo que presenciar singulares episodios: el primer hombre, un pintor que, ordenado por el Promotor Fiscal, intentó borrar la imagen ante la vita de los asistentes sufrío un desmayo y tuvieron que socorrelo para que no cayera al piso. Cuando se había recuperado nuevamente volvío a intentar su cometido, subío las escaleras y se quedo inmóvil, bajo las escaleras y argumentó que no se sentía capaz de hacerlo. Mandaron entonces a un oficial, pero tampoco este pudo: le asaltó un temor inusitado y desistió de la acción. La gente murmuraba diciendo qye no era voluntad de Dios que se borrase la imagen. En efecto, el tercer hombre, que se acercó estimulado por la paga que había ofrecido el Promotor Fiscal, cuando subió las escaleras se le oyó exclamar que el Cristo se le transfiguraba, que los colores de la imagen le parecían cada vez más vivos y tampoco él pudo borrar la pintura del Cristo Crucificado. Eran las cuatro de la tarde y el cielo se oscureció en la tarde primaveral de setiembre, una inusual y densa llovizna empezó a caer en el lugar. Así la comitiva no pudo ejecutar el mandato de borrar la imagen, de lo que dieron parte al Virrey Conde de Lemos.

Después de lo sucedido, el propio virrey visitó la imagen y decició que ya no se llevase a cabo la orden de borrarla. Así la primera misa que se celebró en el galpón fue el 4 de Setiembre de 1671, día en que se celebraba la Fiesta de la Exaltación de la Cruz. Juan de Quevedo y Zárate fue encargado por el Virrey para cuidar la imagen y proporcionarle un lugar adecuado para su veneración y culto. Construyó una primera ermita, techada de esteras y aseguró el trozo de muro donde se encontraba la pintura encajonándolo en un muro hecho de piedra, cal y ladrillo. Los asobes donde se encontraban las demás figuras que hoy vemos en la imagen del Señor de los Milagros, y que fueron agregadas por orden del Virrey Conde de Lemos, eran las que sufrían daños cuando se ejecutaban los trabajos para encajonar y fortalecer el muro de adobe, pero la imagen del crucificado parecía estar protegido por una mano invisible que lo cuidaba de daño alguno. A Juan de Quevedo le sucedieron otros dos mayordomos uno de los cuales acudió al mismo Rey de España para poder seguir con la construcción de la capilla del Santo Cristo de los Milagros; petición a la que el Rey accedió y emitió una Real Cédula que ordenaba facilitar la ejecución de dicho propósito.

Sebastián de Antuñano era un español viacaíno que arribó al Perú muy joven, en el año de 1668. Había venido en busca de una herencia, pero la fortuna no le sonrió. no obstante encontró trabajo al lado de un rico mercader, paisano suyo y así por asuntos de negocios volvió a España y allí frente a la imagen del Cristo de la Fe, en Madrid, le pareció que Dios le pedía que hiciese alguna obra para la gloria divina. Nuevamente en el Perú en el año 1673, Antuñano, quién era ya otro hombre, con su trabajo iba reuniendo dinero para hacer un obsequio a Dios y así dárselo una vez que conociese su voluntad. Para este efecto hizo ocho días de ejercicios espirituales en el noviciado Jesuita y allí Dios le inspiró visitase la ermita o capilla del Señor de los Milagros. Cuando estuvimos allí, al pie de la imagen todo pareció claro y oyó una voz interior que le decía. Al pie de la imagen permaneció hasta su muerte llevando una vida austera y siriviendo a Jesús en la imagen del Señor de los Milagros. Por ese tiempo, una mujer llamada Antonia Maldonado, guayaquileña radicaba en Lima, después de enviudar, no pensó en otra cosa sino en consagrarse a Jesús de Nazareth. Imitando en todo momento a Jesús sufriente, crucificado, también ella años más tarde y por caminos invisibles había de llegar a la ermita del Santo Cristo de los Milagros. Ambos quería Dios, que fuesen los fundamentos sobre los que se levantase el culto al Señor de los Milagros y el Instituto de Religiosas Nazarenas hoy Carmelitas Descalzas Nazarenas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
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